Sumisos y Poderosos

g indiansAlimenté mi joven mente con las voces múltiples de pensadores como Hegel, Kant, Marx, Russel, Galeano, El Che y hasta Marta Harnecker.

En mi alma se mezclaban con dosis similares las palabras de Sartre, Neruda, Witman, Ludovico Silva, Cortazar, Hemingway, Nazoa. Los oídos se regocijaban por igual con los Beatles, los Bee gees, Los Inti-illimani, Joan Manuel, el gran Sandro y Facundo Cabral.

Así crecí. En una mezcla rica de dimensiones universales que me hacían enfrentarme con la misma pasión a los ADECOS que a los comunistas. Tragué los gases lacrimógenos del gobierno de CAP, con tanta ingenuidad como los palos dogmáticos de los camaradas.

Sin duda esta enorme mezcla de ideas y pensamientos, fueron decisivos para que, superando mi miedo y el terror de mis padres, a los 18 años me aventuré hacia el Sur de las Dictaduras.

A fuerza de dedos, camiones, autobuses, motos, bicicletas, trenes y caminatas, logré bañarme en las frías aguas del pacífico, recorrí el camino del Inca, vi dese la distancia el último puesto del camarada Allende, dormí preso en un frio calabozo de Mendoza y dejé de asistir a una añorada cita con el viejo Jorge Luis Borges, porque los ojos azules de una porteña pudieron más que sus naderías.

Un día largo como este recuerdo, en el año 1976, cruzaba en un destartalado tren la frontera norte de Argentina. De repente se detuvo y un guardia entró al vagón. Esa vez no me jodieron y pude seguir casi dormido. Entre sueños escuché unos gritos y pude ver por la ventana, como el guardia vejaba y maltrataba a un indígena. No le pegaba duro, solo le daba manotazos y cachetadas. El indígena se quedó callado y sollozando, mientras el militar le quitaba unos míseros trapos que llevaba de contrabando.

A mi regreso le conté lo vivido a un amigo indígena boliviano que vivía en Venezuela. Le expliqué mi sorpresa ante la falta de reacción del hombre y le dije que por muy humilde que fuese un venezolano, yo pensaba que nunca hubiese aguantado tanta humillación. Mi amigo respondió con una mezcla de dolor y ofensa aquel impertinente comentario: “Son siglos de sumisión y hambre coño. Tú vienes de un país rico con gente alzada”.

Hace poco escuche una grabación que presumo verdadera, donde un funcionario de la Gobernación del Zulia, insultaba con grosería a sus empleados. Los acusaba de traidores y los amenazaba a gritos con botarlos de sus trabajos para que fuesen a “pelar bolas como otros miles de carajos allá afuera”. De inmediato afloró el recuerdo de aquel viaje y vi la misma mano del pequeño poderoso abofeteando el hambre y la miseria.

Sé que la gente grabó los insultos y eso es bueno, pero que un pendejo empleado medio de una gobernación, insulte de esa manera a trabajadores con derechos, sin que ninguno se haya parado a exigir respeto, me hace pensar que en estos años, hemos perdido mucho más de lo que imaginamos. No me refiero a la vergonzosa alzadera del nuevo rico, sino más bien a un sutil sentido de dependencia y subordinación propia de sociedades oprimidas.

Aunque se tratase de solo un caso, todos, Poderosos y Sumisos, nos toca preguntarnos de corazón: ¿En qué coño queremos convertirnos?, ¿Son esos los venezolanos que queremos?

“Si eres capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, seras mi camarada.” Ernesto Che Guevara.

Autor: Salomón Raydán

@salomonr

www.fundefir.com
12/07/2013