Donde hay ego no hay liderazgo

Hoy he paseado temprano por la playa cuando el termómetro rozaba los diez grados ajeno a la naricilla del mes de junio que asomaba al otro lado del monte Igueldo. Los bañistas de la fotografía aún dormían, así que -camino del despacho- casi toda la arena de la playa se ha adherido a la soledad de mis pies con la intención de acompañarme el resto de la jornada. Mientras caminaba me he acordado de mi abuela cuya vida no alcanzó a conocer la bahía de San Sebastián.
Se llamaba Julia, había nacido mar adentro, trabajado duramente desde la infancia hasta la vejez y uno de sus lujos era comprarse -dos veces al año- una barra de labios discreta. Yo también me he comprado una y a lo mejor es cierto que me parezco a ella, como dicen. Mi abuela no conoció la playa de La Concha cuya imagen es de Igor Uria, comisario de la colección Balenciaga que se expone en el Museo de Guetaria (Guipúzcoa) que visitaré dentro de unos días.
La abuela vivió en Bilbao donde desempeñó varios oficios a lo largo de cuarenta años de vida laboral y alcanzó el puesto de encargada porque era seria y ordenada, responsable y justa, comprometida y sacrificada. A su manera lideró equipos de trabajo sin que nadie le hubiese explicado en qué consistía liderar ¡pero lo hizo! y fue intrépida porque en los años cincuenta resultaba inusual trabajar estando casada y con tres hijos.
Sabida es la diferencia teórica entre potestas y auctoritas, pero en la práctica no resulta fácil descubrir nítidos ejemplos que modelen el comportamiento de los profesionales del siglo XXI.
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Potestas alude al término romano que define la capacidad legal para hacer cumplir una decisión incluso por la fuerza y es lo que hacen los jefes con el peso-mazo de su cargo. Auctoritas es el reconocimiento que se otorga a alguien en virtud de su criterio, personalidad, valores y comportamientos. Es lo que hace un líder que da ejemplo de lo que predica, reconoce lo que otros aportan y realiza críticas constructivas enfocadas a la tarea ¡nunca a las personas! Peter Senge, en La Quinta Disciplina

Donde hay ego no hay liderazgo
Porque el liderazgo busca el bien común y ego sólo el propio
Desde hace años observo la creciente tendencia de los directivos hacia la potestas en detrimento de la auctoritas, en román paladino: se intensifica el ejercicio del poder incluso con violencia y se resiente el liderazgo. Preocupante como sesgo empresarial porque todos pierden: los jefes, la ética y la bondad; y los subordinados la dignidad y la alegría. Resulta un ¡juego perverso!
Supongo que la crisis azuza al miedo y el miedo carece de mesura.Los jefes sienten miedo a perder el cargo, el coche oficial, el despacho grande, la tarjeta oro, la libertad de agenda y el poder, sobre todo el poder unido al ego que en circunstancias favorables se muestra amable y en las crisis exhibe su rostro sanguinario. Los subordinados sienten miedo de perder el puesto de trabajo, de ser degradados, desplazados ¡excluidos! Es un juego de suma cero en el que aflora lo peor del ser humano y hemos de frenarlo con la humildad propia del liderazgo del que habla el escritor Jorge Cuervo.

El líder encarna los valores que promulga, respeta a los demás, busca el bien común con la fiereza de un tigre, reparte halagos al trabajo bien hecho e indica las áreas de mejora… exige un ser humano evolucionado dispuesto a contemplar el mundo y sus desafíos desde una atalaya de generosidad en la que el bienestar colectivo sea tan importante como el propio. Visión trascendente del vivir y trabajar ¡elegancia en el alma!

Me gusta entrenar el liderazgo de los directivos como humilde contribución a la mejora social que a todos nos incluye porque juntos giramos como peonzas sobre el planeta y porque de vez en cuando la mejora del liderazgo de un jefe evita el sufrimiento innecesario en las organizaciones.

El miedo dispara la crueldad del ego
y debilita la ética del liderazgo
Fuente
01/10/2015